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Livorno: una ciudad diferente.

Livorno, la segunda ciudad de Toscana en cuanto a densidad de población, situada a unos veinte kilómetros de Pisa y conectada a ésta por medio de un canal navegable, es una ciudad peculiar, cuya estructura, arquitectura y ambiente no tienen nada que ver con las otras capitales de provincia de Toscana. De pequeño puerto, del que se servía la República Marinera de Pisa, pasó a ser en el siglo XVI, el puerto insignia de Toscana y, hoy en día, es el tercer puerto más importante de Italia, después de los de Génova y Nápoles.

La dinastía Medici decidió hacer de Livorno una ciudad perfecta, cuya vida social, su desarrollo económico y su arquitectura estuvieran a la altura de ese impresionante puerto, emblemático, por las impresionantes fortificaciones que lo protegen, cuya actividad mercantil y militar iban a producir grandes beneficios económicos a Toscana, además de proteger sus costas de ataques enemigos y de las recurrentes incursiones de la piratería otomana, fundamentalmente.

Así, casi de la nada, surgió una ciudad espléndida, cuyos nacientes barrios se fueron conectando con el centro a través de numerosos canales navegables, convirtiéndose para asombro de toda Italia en una pequeña y peculiar "Venecia" .
Podría considerarse, por tanto, que Livorno es una ciudad maravillosamente inventada en el periodo tardo renacentista, por lo que más granado de su trazado urbano y de su arquitectura empieza con trazados y monumentos de claro corte y carácter manierista, pasando sucesivamente al barroco, al rococó, al neoclasicismo, descollando, por fin, con una arquitectura Belle Epoque y Art Noveau, que está presente fundamentalmente en el espléndido paseo marítimo y en las zonas adyacentes al mismo, impregnando la ciudad de un aire lírico y nostálgico.

A grandes rasgos, supongo que os habréis hecho una idea de cómo es Livorno, pero su aspecto exterior, pese a ser tan fascinante como particular, no es lo único que denota la verdadera ideosincrasia de la ciudad, ya que ésta se fundamenta en la histórico universalismo de la ciudad, cosa que hoy en día no resultaría sorprendente en Europa, pero nos estamos refiriendo a finales del siglo XVI, cuando gracias a la Constitución de Livorno, promulgada por Ferdinando I de Medici, entonces Gran Duque de Toscana, las puertas de la ciudad se abrieron a todos aquellos que quisieran residir en la ciudad, junto a sus familias, para trabajar ahí. Con independencia absoluta de su etnia, país de origen y credo religioso. La Constitución les ofrecía la ciudadanía toscana de pleno derecho, libertad religiosa, además del indulto de toda pena a la que hubieran estado condenados previamente en su país de origen, pues, en adelante Livorno estaría legislada por leyes locales, civiles y penales, reguladas por sus propios tribunales, independientes de los del Gran Ducado.
De manera que, la ciudad se convirtió en la nueva y verdadera patria para miles de marineros, artesanos, mercaderes y demás trabajadores, que encontraron allí el bienestar y la libertad que sus países de origen les vetaban.
Acudieron gentes de toda Italia, entonces sumamente fragmentada y sometida a los distintos gobiernos locales, de Grecia, de Armenia, del este de Europa, de Oriente Medio, así como gran cantidad de judíos y musulmanes, procedentes de España y Portugal, obligados a exilarse a causa de las terribles persecuciones religiosas. Lo mismo sucedió con católicos, de las más diversas condiciones sociales y formación intelectual, que llegaron de Inglaterra, Holanda, Alemania y de algunos lugares de Francia, para poder poder vivir libremente, de acuerdo con sus ideas.
No solo convivieron pacíficamente entre ellos, compartiendo los mismos barrios y lugares, sino que cada comunidad fue estableciendo sus propias iglesias, cementerios y, los hebreos, por ejemplo, quienes se referían a Livorno como a "la nueva tierra prometida", fundaron sinagogas, escuelas, un colegio universitario, un museo y demás entidades de carácter cultural.
Todos juntos, trabajando codo con codo, hicieron de Livorno una ciudad riquísima, que a principios del siglo XVII, ya era puerto franco reconocido como tal mediante un tratado internacional.

Aquellos antiguos "apátridas", por decisión propia o forzados a ello, intercambiaron sus lenguas, costumbres y gastronomía, naciendo de allí un idioma singular o, si preferís, un dialecto local, que sigue vigente, en el que se entendían perfectamente entre ellos, cualquiera que hubiera sido su lengua materna.
También fue, a partir de entonces, cuando la gastronomía de Livorno, considerada en toda Italia como una de las más excelsas del país, experimentó un desarrollo asombroso, tanto en cantidad como en calidad, ya que las recetas de los unos y de los otros fueron circulando por toda la ciudad, adoptándolas como propias, por lo que hoy en día se degusta en Livorno tanto la exquisita cocina mediterránea de raíces marineras, como el célebre "cacciuco", una soberbia caldereta de pescados y mariscos, acompañada de trocitos de pan tostado con ajo y aceite de oliva, como el refinado "cuscussú", una variedad judía del tradicional "cous-cous", además de muchos otros platos y postres extraordinarios, originarios de los más diversos países, que solo en Livorno se guisan y se sirven como Dios manda...

No dejéis de visitar Livorno, os aseguro que se trata de una experiencia única.

Por otra parte, no puedo dejar de pensar en lo conveniente que sería, para quienes redactan y promulgan las actuales leyes de extranjería, que aprendieran un poco del muy sensato y generoso Ferdinando I de Medici. Muchos, en su fuero interno, sentirían vergüenza de su corta inteligencia y mezquindad y quizá, algunos modificarían su proceder inmovilista que, está visto que no conduce a otra cosa que no sea al enfrentamiento y al empobrecimiento.

Sylvia

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