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Crónica de la Batalla de Anghiari: El relato de un prisionero



Al resguardo de la lluvia, en un café cercano al Palacio Marzocco de Anghiari, que alberga "El Centro de Documentación de la Batalla de Anghiari", Antonio, mi hermano, lee. Nuestro primo Miguel y yo le escuchamos sobrecogidos. La crónica está fechada el 6 de Julio de 1440.




"Mi nombre es Florestano dei Grossi. He sido hombre de paz, si bien adiestrado tanto en el arte de la música como en el de la espada. Me he unido al ejército de mi Señor, Filippo Maria Visconti, en el ejercicio de la debida lealtad. De otro modo, la conciencia no habríame dado tregua. Dios le guarde por siempre.
La derrota me ha hecho caer prisionero de los florentinos. La mayoría de mis compañeros de armas que han corrido tan triste suerte ya han sido ahorcados. Otros, lo serán en breve. Aún no sé lo que harán conmigo. Que Jesucristo se apiade de mí y, llegado el caso, tenga tambíen en compasión a mis verdugos.
En la noche que iba del 28 al 29 de Junio nuestro capitán, Niccolò Piccinino, se encontraba a la cabeza del ejército de mi Señor, crecido en gran número y destreza respecto al de la "Liga Florentina". Las tropas de los de Florencia aguardaban en Anghiari el devenir de la jornada.
A lo largo de esa noche nos fuímos moviendo hacia el campo de Selci. Sin que nuestros enemigos diéranse cuenta de ello, entramos en San Sepolcro. Más de 2.000 hombres de bien se unieron a nosotros con el ánimo de vencer a los encastillados de Anghiari.
Al poco del toque del mediodía, marchamos hacia Anghiari. Nuestro capitán se aprestaba a un ataque por sopresa. Yo, en calidad de oficial en jefe de un escuadrón de caballería, había presenciado los largos estudios que precedieron a conducir el combate de tal manera. Contra la perfección de la idea cualquier objeción es sobrada. Líbreme Dios de contrariar a quien más sabe, razón por la cual nos ordena.
Al parecer, Micheletto Sforza, desde su logia en Monteloro avistó el polvo que levantaban nuestras caballerías y dió orden a las suyas de formar para combate.
A menos de un cuarto de legua de nuestra llegada, las caballerías de la "Liga" ya ocupaban posición: Las del Simonetta cubrían el flanco derecho; las florentinas con las de Anghiari, el centro izquierda y las venecianas se disponían a la defensa del puente. Los infantes aguardaban junto al canal y los ballesteros nos asaetaron por ambos flancos.
Pese a las cuantiosas pérdidas no perdimos la fe ni el ánimo y combatimos con fiereza. Las tropas de Francesco Piccinino y Astorre Manfredi, ambos conmigo en prisión, hicieron retroceder a las del Micheletto, muchos de cuyos caballeros, presa del terror, huyeron en desbandada.
Durante cuatro horas, sin concedernos respiro, luchamos encarnizadamente para la toma del puente. Por poco apresamos a Micheletto, aunque hicimos cautivo a Niccolò de Pisa.
Cuando la fortuna nos miraba de frente, en el curso de una arriesgada y esforzada acción de nuestro ejército en el eje del camino entre Santo Stefano y la Puerta de los Auspicios, en la que a punto de aplastar estuvimos a los de la "Liga", las tropas del Simonetta y del Orsini descendieron desde la colina entre Palazzolo y Maraville. Nos atenazaron, partiendo en dos mitades nuestro ejército, quedando un tercio apresado entre el puente y Anghiari.

Con la luna en cuarto menguante nos sorprendió la derrota.

De escuadra vimos perecer4 jefes, siendo los apresados 22. De armas, redujeron a 400 hombres, y de burgueses en buena fe unidos a nuestro Señor, fueron 1500, de los cuales 300 eran caballeros y gentilhombres.
Entre los prisioneros los ahorcamientos hacen que se venzan los árboles. Tantos son que no hay cabida en la fortaleza para los martirios.
Los caballos caídos se cuentan por cientos hasta cubrir el color de los campos."


Aquí interrumpió Antonio la lectura. Yo estaba tan afectada como si hubiera participado en la Batalla. Para que luego, cuando leas los escritos de Maquievelo sobre la Batalla de Anghiari, te venga diciendo el muy cuco que sólo murió un hombre y, eso, porque se había caído del caballo. Claro, él pertenecía a la fracción victoriosa y, como es sabido, a los triunfos se suceden los maniqueismos y las ocultaciones de su precio real.
Ese miércoles, terminamos cenando en "La Nena", un restaurante popular situado en la cima de la preciosa y monumental, aunque pequeñita, ciudad de Anghiari.
La fama de "La Nena" se debe en gran parte a las trufas (negras y blancas) fresquísimas, y a las muy selectas setas de boque que llenan sus despensas. Pedimos unas setas mágnificas, a la parrilla, y de segundo Miguel y yo tomamos unos "ravioli" con trufa blanca, rallada directamente en el plato, hasta que dices: "Muchas gracias, ya es bastante". Antonio se pidió un timbal de jabalí con verduras. Después "tiramisú" para los tres y café.
Para los vinos, como solemos hacer, le pedimos consejo al maitre que nos sugirió el blanco de la casa para las setas y un tinto, también, de la casa, sobre todo, por el plato de caza que pidió Antonio. Los dos eran excelentes. La comida: una delicia de aromas, de platos en su punto, caseros con un toque de originalidad y recién hechos.
Pagamos menos de 90 euros entre los tres que, teniendo en cuenta las exquisiteces que tomamos, es un precio más que razonable.
Sylvia




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