Casas Rurales con Encanto

Montepulciano


Ayer domingo, aprovechando que habían venido a pasar el fin de semana conmigo en "Villa Vignacce" dos buenos amigos que ahora viven en Ravenna, Giovanni y María (él es italiano y ella, española) nos levantamos casi con el "canto del gallo" y nos fuímos a Montepulciano.
Creo que todo el mundo ha oído hablar de la belleza de esta ciudad del centro de Toscana, de su impresionante arquitectura y, sobre todo, de las excelencias de sus vinos, entre los que destaca el famoso tintoVino Nobile, pero es otro ejemplo más de la bellísima Toscana, en cuanto a que ¡Hay que veerlo para creerlo! Y los vinos... ¡ Ay, los vinos! Son un verdadero lujo para el paladar.

Las murallas de la ciudad las erigieron los etruscos, que fue la primera civilización que se asentó en la preciosa colina, a más de 600 m. sobre el nivel del mar, que alberga Montepulciano.
Muchos siglos después, tras las cruentas contiendas entre Siena y Florencia por quedarse con la ciudad, fue conquistada por los Médicis en el siglo XV y el Gran Duque de Toscana, Cosme I, encargó al insigne arquitecto Antonio da Sangallo "El Viejo" que reconstruyera las murallas, hiciera nuevas fortificaciones, así como como otros edificios relevantes dentro de la ciudad, para ir dándole el aspecto renacentista que perdura hoy en día.
Para tal fín, el Gran Duque contó, entre otros, con su arquitecto predilecto: Michelozzo.
Entre unos y otros diseñaron una ciudad de ensueño, con callecitas repletas de preciosos palacios e iglesias, atravesadas por la larguísima Via del Corso que, de izquierda a derecha y de norte a sur, te conduce a cualquier lugar.
No os puedo detallar la gran cantidad de edificios emblemáticos, de interés artístico y cultural, que vimos o, incluso, visitamos, pero sí os recomiendo que no dejéis de venir y de prestar, cuanto menos, especial atención a: La Piazza Grande, una plaza monumental que aloja verdaderas joyas arquitéctonicas; a la magnífica Catedral, de entre los siglos XVI y XVII, obra de Ipolito Scalza, que cuenta con obras maestras de Andrea della Robbia, Taddeo di Bartolo y Sano di Pietro; al Palazzo Bucelli, barroco, con una fachada impresionante en la que se cuentan por docenas los relieves y los flancos de las urnas funerarias etruscas que la adornan; a la Iglesia de San Agustín (Michelozzo, siglo XV) con una magnífica y elaborada portada; al espléndido Palazzo Cervini, atribuído a Sangallo "El Viejo" y construído a instancias del Cardenal Cervini, quien se convertiría en el Papa Marcelo II.
Hicimos un alto en el camino y estuvimos comprando queso "pecorino" y botellas de Vino Nobile en una de las muchas y estupendas bodegas que hay en la ciudad. Después, entramos a tomarnos una copa de "prosecco" y unos aperitivos en el céntrico "Caffè Poliziano". Una joya de bar, con salón de té y restaurante, del siglo XIX, de estilo "Art Decó", decorado elegantamente acorde a su época. Nos quedamos tan sorprendidos que no podíamos articular palabra. Un lugar digno de una gran ciudad europea.
Claro, que nos sabíamos lo que nos esperaba después: A las afueras de la ciudad, en el campo, se alza el majestuoso Santuario de la Madonna de San Biagio, totalmente construído en mármol travertino blanco por Sangallo "El Viejo", en el siglo XVI, con un imponente Altar Mayor de ese mismo mármol. El Santuario está considerado como una de las obras cumbres del Renacimiento. Merece acampar enfrente y contemplarlo hasta que se ponga el sol.

Con un hambre ya feroz, María, Giovanni y yo nos fuimos a comer a la "Osteria dell'Acquacheta". La habíamos visto a media mañana y nos pareció una trattoria tan bonita, con pinta de tener una comida buenísima, que entramos enseguida a reservar mesa para más tarde.
Tuvimos suerte, pues luego supimos que tiene mucha fama y está siempre lleno. Es pequeña y está decorada con mucho encanto. La cocina merece un "cum laudem". Los platos son sencillos, típicos de la zona, pero ¡Hay que ver qué productos ultilizan y cómo los preparan!.
Compartimos unos embutidos soberbios, una ensalada variada, muy bien condimentada, que todavía olía a huerta, y luego nos pedimos unos chuletones a la brasa que, de puro tiernos, se deshacían en la boca. Todo ello regado con vino tinto de la casa, un auténtico tinto de Montepulciano. ¡ Un verdadero manjar! , por unos 30 euros por persona, con café y copa.
Como el dueño estaba por ahí zascandileando, hablando con todo el mundo, María y yo fuímos a saludarle. Se llama Giulio y es simpatiquísimo. Además, o nosotras le gustamos mucho o le hacen mucha gracia las españolas, porque estuvo encantador, preguntándonos cosas de España y... de lo más galante. Giovanni que se había quedado en la mesa, ojeando un libro y esperando la cuenta, no se enteró de nada...
María, que es muy divertida, no hacía más que decirme : "Nos tenemos que quedar a vivir aquí tú y yo. ¿Has visto cómo no nos quitan ojo?" Tiene razón. Habría que quedarse aquí.

Sylvia

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