Casas Rurales con Encanto

Montalcino, sus vinos y sus monumentos.

El sábado pasado estuve en Montalcino y pasé un día maravilloso.
Desde que estoy en "Villa Monticchiello" no paro de hacer amistades, de manera que me acompañaron en mi excursión Geróme y Therèse, un matrimonio de Quebec que está de vacaciones en Toscana, pero que el domingo ya se iban a otra zona. Therèse anticipó un día la celebración de su santo para hacerme partícipe. Cuando les comenté que el sábado pensaba ir a Montalcino a Therèse le pareció el lugar y la ocasión perfectas, por lo que nos fuímos los tres tan contentos en el coche.
Montalcino, en lo alto de una colina, con un paisaje cautivador, nos sorprendió desde que avistamos la enorme fortaleza y sus murallas.
La ciudad, de origen etrusco y romano, se construyó en siglo XII y, después, como era habitual en aquellos tiempos, fue pasando de mano en mano, y en el siglo XVI fue conquistada por el ejército del Emperador Carlos I de España y V de Alemania.
Los sieneses, que entonces dominaban la ciudad, se refugiaron en la fortaleza y como símbolo de esa resistencia (que tuvo que ser de aúpa) un importante pintor de la escuela de Siena, llamado "Il Sodoma", realizó un espléndido estandarte que se conserva en el interior.
En la planta de abajo de la fortaleza, hay un local amplio y muy elegante llamado "Enoteca La Fortezza" en el que se pueden degustar y comprar los vinos exclusivos de estos lares, de renombre internacional, como el Brunello y el Rosso de Montalcino. Los precios varían, dependiendo de la añada y se trata de un vino u otro. Por ejemplo una botella de Brunello te puede costar desde 20 euros hasta más de 100 y, si hablamos de una botella con pedigree y casi única (por ejemplo, fechada en 1940) puede alcanzar hasta los 5.000 euros. El Rosso es más popular, más barato y está estupendo. Como es natural, después de haberlos probado, acompañados por unos aperitivos deliciosos, nos llevamos unas botellitas...
Por cierto, parece que hablamos siempre de vinos , pero por aquí y en toda Toscana hay, además, un aceite de oliva refinadísimo, unos quesos, carnes y embutidos de primera, y unos guisos y dulces típicos que quitan el sentido...

Una vez en el centro de Montalcino, estuvimos visitando: La Catedral de San Salvatore, románico-gótica, del siglo XIV que es una preciosidad. El frente oeste llama especialmente la atención por una ventana en mármol rosa y su puerta de acceso en mármol negro y blanco. Dentro hay frescos y pinturas de renombrados maestros de la escuela de Siena.
La Iglesia de la Madonna del Soccorso: Del siglo XVII, con una magnífica fachada neoclásica en mármol travertino. Tiene un imponente altar barroco y una estupenda serie de pinturas y de esculturas de madera. Las obras más importantes son de Vincenzo de San Gimignano, de Francesco Vanni y de Antonio y Rutilio Manetti.
Después entramos en el Museo de Arte Sacro, que está en el interior del Convento de Sant'Agostino, y allí estuvimos un montón de tiempo contemplando la estupenda colección de obras sacras, que van desde el siglo XII hasta el XVI.
En ese mismo museo hay una zona dedicada a hallazgos arqueológicos de esta zona de periodos tales como el Neolítico, las edades de Bronce y de Hierro, así como urnas funerarias y demás objetos de las civilizaciones etrusca y romana.
A la salida, estupendamente alimentados de arte y de historia, decidimos hacer caso a sendos estómagos que ¡ pobrecillos! ya estaban protestando.

Gérome - un gastrónomo de lo más sibarita - se había informado sobre el sitio perfecto para comer en Montalcino: Il Castello Banfi. Está en las inmediaciones de la ciudad y es un soberbio castillo del siglo XII, completamente rehabilitado para albergar un restaurante señorial en el sentido literal de la palabra; las enormes bodegas abiertas al público en las que hay inumerables barriles que contienen sus propios y extraordinarios vinos con denominación de origen, procedentes de los viñedos de su finca, así como una encantadora taberna, de muy bien logrado estilo medieval, situada bajo las antiguas cantinas del castillo. Ahí nos sentamos a comer.
Nos decidimos por probar un menú degustación, acompañado de copas de vinos adecuados a cada plato y nos sirvieron unos entremeses de exquisito jamón y embutidos locales, unas "tagliatelle al ragú" ( la pasta es de elaboración casera) que quitaban el hipo y, después, una bandeja con un abundante y selecto surtido de quesos locales que, como os he dicho antes, merecerían que resucitara Petrarca y les dedicara una loa. Vinos incluídos, la opípara comida costó unos 45 euros por persona.
Nos dimos un buen paseo para bajar la comida y regresamos a "Villa Monticchiello" pues mis nuevos amigos canadienses tenían que preparar las maletas para seguir su viaje por Toscana.

Sylvia

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