domingo, noviembre 25, 2007

Livorno: una ciudad diferente.

Livorno, la segunda ciudad de Toscana en cuanto a densidad de población, situada a unos veinte kilómetros de Pisa y conectada a ésta por medio de un canal navegable, es una ciudad peculiar, cuya estructura, arquitectura y ambiente no tienen nada que ver con las otras capitales de provincia de Toscana. De pequeño puerto, del que se servía la República Marinera de Pisa, pasó a ser en el siglo XVI, el puerto insignia de Toscana y, hoy en día, es el tercer puerto más importante de Italia, después de los de Génova y Nápoles.

La dinastía Medici decidió hacer de Livorno una ciudad perfecta, cuya vida social, su desarrollo económico y su arquitectura estuvieran a la altura de ese impresionante puerto, emblemático, por las impresionantes fortificaciones que lo protegen, cuya actividad mercantil y militar iban a producir grandes beneficios económicos a Toscana, además de proteger sus costas de ataques enemigos y de las recurrentes incursiones de la piratería otomana, fundamentalmente.

Así, casi de la nada, surgió una ciudad espléndida, cuyos nacientes barrios se fueron conectando con el centro a través de numerosos canales navegables, convirtiéndose para asombro de toda Italia en una pequeña y peculiar "Venecia" .
Podría considerarse, por tanto, que Livorno es una ciudad maravillosamente inventada en el periodo tardo renacentista, por lo que más granado de su trazado urbano y de su arquitectura empieza con trazados y monumentos de claro corte y carácter manierista, pasando sucesivamente al barroco, al rococó, al neoclasicismo, descollando, por fin, con una arquitectura Belle Epoque y Art Noveau, que está presente fundamentalmente en el espléndido paseo marítimo y en las zonas adyacentes al mismo, impregnando la ciudad de un aire lírico y nostálgico.

A grandes rasgos, supongo que os habréis hecho una idea de cómo es Livorno, pero su aspecto exterior, pese a ser tan fascinante como particular, no es lo único que denota la verdadera ideosincrasia de la ciudad, ya que ésta se fundamenta en la histórico universalismo de la ciudad, cosa que hoy en día no resultaría sorprendente en Europa, pero nos estamos refiriendo a finales del siglo XVI, cuando gracias a la Constitución de Livorno, promulgada por Ferdinando I de Medici, entonces Gran Duque de Toscana, las puertas de la ciudad se abrieron a todos aquellos que quisieran residir en la ciudad, junto a sus familias, para trabajar ahí. Con independencia absoluta de su etnia, país de origen y credo religioso. La Constitución les ofrecía la ciudadanía toscana de pleno derecho, libertad religiosa, además del indulto de toda pena a la que hubieran estado condenados previamente en su país de origen, pues, en adelante Livorno estaría legislada por leyes locales, civiles y penales, reguladas por sus propios tribunales, independientes de los del Gran Ducado.
De manera que, la ciudad se convirtió en la nueva y verdadera patria para miles de marineros, artesanos, mercaderes y demás trabajadores, que encontraron allí el bienestar y la libertad que sus países de origen les vetaban.
Acudieron gentes de toda Italia, entonces sumamente fragmentada y sometida a los distintos gobiernos locales, de Grecia, de Armenia, del este de Europa, de Oriente Medio, así como gran cantidad de judíos y musulmanes, procedentes de España y Portugal, obligados a exilarse a causa de las terribles persecuciones religiosas. Lo mismo sucedió con católicos, de las más diversas condiciones sociales y formación intelectual, que llegaron de Inglaterra, Holanda, Alemania y de algunos lugares de Francia, para poder poder vivir libremente, de acuerdo con sus ideas.
No solo convivieron pacíficamente entre ellos, compartiendo los mismos barrios y lugares, sino que cada comunidad fue estableciendo sus propias iglesias, cementerios y, los hebreos, por ejemplo, quienes se referían a Livorno como a "la nueva tierra prometida", fundaron sinagogas, escuelas, un colegio universitario, un museo y demás entidades de carácter cultural.
Todos juntos, trabajando codo con codo, hicieron de Livorno una ciudad riquísima, que a principios del siglo XVII, ya era puerto franco reconocido como tal mediante un tratado internacional.

Aquellos antiguos "apátridas", por decisión propia o forzados a ello, intercambiaron sus lenguas, costumbres y gastronomía, naciendo de allí un idioma singular o, si preferís, un dialecto local, que sigue vigente, en el que se entendían perfectamente entre ellos, cualquiera que hubiera sido su lengua materna.
También fue, a partir de entonces, cuando la gastronomía de Livorno, considerada en toda Italia como una de las más excelsas del país, experimentó un desarrollo asombroso, tanto en cantidad como en calidad, ya que las recetas de los unos y de los otros fueron circulando por toda la ciudad, adoptándolas como propias, por lo que hoy en día se degusta en Livorno tanto la exquisita cocina mediterránea de raíces marineras, como el célebre "cacciuco", una soberbia caldereta de pescados y mariscos, acompañada de trocitos de pan tostado con ajo y aceite de oliva, como el refinado "cuscussú", una variedad judía del tradicional "cous-cous", además de muchos otros platos y postres extraordinarios, originarios de los más diversos países, que solo en Livorno se guisan y se sirven como Dios manda...

No dejéis de visitar Livorno, os aseguro que se trata de una experiencia única.

Por otra parte, no puedo dejar de pensar en lo conveniente que sería, para quienes redactan y promulgan las actuales leyes de extranjería, que aprendieran un poco del muy sensato y generoso Ferdinando I de Medici. Muchos, en su fuero interno, sentirían vergüenza de su corta inteligencia y mezquindad y quizá, algunos modificarían su proceder inmovilista que, está visto que no conduce a otra cosa que no sea al enfrentamiento y al empobrecimiento.

Sylvia

lunes, noviembre 05, 2007

El Archipiélago de Toscana. La Isla del Giglio.




No se si será el buen tiempo, extraordinariamente bueno, para tratarse del mes de noviembre, pero el caso es que hoy estoy motivada para hablaros de esa pequeña joya del Archipiélago de Toscana, que es la Isla de Giglio.
Para situarnos un poco, os voy a recordar que dicho archipiélago está formado por 7 islas: Gorgona, Capraia, Elba, Pianosa, Montecristo, y Giannutri, además de la que hoy nos ocupa.
Las islas están incluidas en el Parque Nacional del ArchipiélagoToscano, instituído como territorio protegido en 1996, y es el mayor parque de Europa de esas características, ya que su superficie total alcanza casi 18.000 hectáreas de tierra firme y más de 61.000 de mar. Las islas pertenecen, según su situación geográfica, a la provincia de Grosetto o a la de Livorno.

La Isla del Giglio es la segunda en dimensiones, detrás de la de Elba, y al encontrarse solo a 16 Km. al oeste de Monte Argentario, pertenece a la sureña provincia de Grosseto.
Cuenta con una extensión de 21 Km. cuadrados y solo el 10% de su territorio está habitado. El 90% restante es pura y maravillosa naturaleza agreste, en la que crece una vegetación protegida, compuesta por la flora mediterránea más variada y exuberante imaginable, en las que se incluyen algunas áreas boscosas intrincadas, pobladas por árboles inmensos y antiquísimos.


Los habitantes de la isla y el turismo de alto nivel que para en la Isla del Giglio, constituido en gran parte por extranjeros e italianos que la han escogido como lugar habitual de vacaciones , está fundamentalmente condensado en las tres localidades que posee la isla, todas ellas de singular belleza, muy distintas entre sí, ya que sus características arquitectónicas responden a su respectiva ubicación en la isla, por lo que también son diferentes las identidades históricas y culturales de cada una de ellas: Giglio Porto, Giglio Castello y Giglio Campese.

La superficie de la isla es esencialmente montañosa, siendo la cima más alta la del monte llamado Poggio della Pagana, con una altitud de casi 500 metros sobre el nivel del mar.
Sus 28 Km. de costa están formados por acantilados vertiginosos que descienden hasta el mar y componen tanto tramos de costa de composición exclusivamente rocosa como calas de distintas dimensiones cubiertas de arena finísima y muy blanca, rodeadas de un mar tranquilo, de aguas transparentes y sin la más mínima contaminación, habitado por una fauna tan diversa como espectacular. De hecho, la Isla del Giglio está considerada un paraíso para quienes practican el buceo, así como para la numerosa población pescadora de la isla.

En la isla se han encontrado una serie de objetos y de artilugios prehistóricos que atestiguan que ya estaba habitada en la Edad de Piedra. Después, los etruscos, gracias a su privilegiada posición estratégica, la convirtieron en un campamento militar. Hacia el siglo III a.C., los romanos se apoderaron de la isla y se dedicaron a explotar sus minas de granito y a transportarlo a las costas del litoral de Toscana y de la cercana región de Lacio, para comercializarlo después en múltiples puntos de la península itálica. De hecho, un buen número de mansiones y de templos de la propia ciudad de Roma contaban con piezas de granito de la Isla del Giglio. De tal forma, que la isla adquirió un importante status económico y una flota mercantil sobresaliente para la época.
A lo largo de los siglos, tanto por sus características estratégicas, por su riqueza, como por su belleza intrínseca, siguió siendo un lugar codiciado y, por ende, disputado por los muchos gobiernos que, siempre a la gresca entre ello, regían Toscana.

La isla fue primero propiedad privada de la poderosa familia patricia Domizi Enobarbi, emparentada con la familia imperial. Uno de sus vástagos, el cónsul Gnaeo Domicio Enobarbi - que también poseía la más pequeña y paradisíaca Isla de Giannutri - contrajo matrimonio, por decisión sumarísima del Emperador Tiberio, con Agripina "La Joven", cuando ésta contaba con unos 14 ó 15 años. Del matrimonio nació Nerón, que llegaría a ser Emperador de Roma, gracias a que su madre, mucho más tarde, y ya dos veces viuda, se casó con su propio tío, el Emperador Claudio, en el año 49 d.C., haciéndole adoptar a Nerón, que de este modo se hizo con el trono que, de otro modo, habría recaído en Británico, hijo biológico y legítimo de Claudio. Pero es sabido que la proverbial belleza de Agripina "La Joven", y los efluvios mágicos del mar Tirreno, que envolvían su porte y carisma, causaron un sinfín de estragos en la cuna del Imperio...
En el siglo IX, el Emperador Carlomagno donó la isla a los monjes de la "Abbazia delle Tre Fontane", cuya sede se encontraba en Roma. Los monjes se la quedaron, tan contentos, hasta mediados del siglo XIII, cuando empezó a pasar de mano en mano entre los señores feudales de turno de los territorios peninsulares más cercanos: los Aldobrandeschi, los Pannocchieschi, los Caetani y, finalmente, los Orsini. Después, la isla fue a incrementar los dominios de la República Marinera de Pisa, quienes amurallaron la bellísima localidad de Giglio Castello, en lo alto de la isla, que conserva intacto tanto el trazado de ciudadela medieval como su fascinante arquitectura.
Por fín, tras otras manos, en 1559, Doña Leonor Álvarez de Toledo, hija del virrey de Nápoles y esposa de Cosimo I de' Medici, entonces Duque de Florencia- por decisión sumarísima de su padre, a través del Emperador Carlos I de España y V de Alemania (esos emperadores que se metían en todo...) - compró la isla para sí y para sus hijos. Doña Leonor, aunque señora de muy buena presencia, no poseía tantos encantos naturales como Agripina, ni, por supuesto su perfidia, pero sí era, además de muy culta, refinada e inteligente, una de las mujeres más poderosas de la entonces más que subdividida Italia. A la muerte de Doña Leonor, la isla siguió en poder de los Medici hasta la extención de esa dinastía. Después, reinarían en Toscana los Habsburgo-Lorena quienes, a excepción del periodo bonapartista, la gobernaron hasta la unidad de Italia.
Me estoy dando cuenta que debo de llevar escritos un montón de folios, de manera que la belleza de la isla, su historia apasionante - objetivo constante, durante siglos y siglos, de la piratería sarracena - os toca ahora a vosotros descrubrirla y desentrañarla.
Sé que también hace un tiempo espléndido por ahí, por lo que no es cosa de seguir esperando ¿No os parece?
Sylvia