sábado, septiembre 29, 2007

Maremma. "Las ciudades de toba volcánica": Pitigliano


"Las ciudades de toba volcánica" en el territorio toscano de Maremma están incluidas en una de las cuatro zonas en las que se divide dicho territorio. Pertenecen a la llamada "Zona de la toba volcánica"(en italiano: "L'area del Tufo"). Las otras tres son: "Las colinas metalíferas", "La Costa d'Argento" y Grossetto (capital del territorio de Maremma), que comprende tanto su área territorial como su espléndida zona costera.


Maremma, cuya extensión abarca la costa de Toscana desde el norte de la provincia de Grosseto hasta la línea fronteriza que se parte más meridional establece con la región de Lacio, constituye en sí misma una experiencia única, especialmente a causa del estado prácticamente impóluto de la naturaleza que conforma el territorio (cuenta con unas 40.000 hectáreas de reservas y parques naturales protegidos), de su costas privilegiadas - de las que una parte importante sigue afortunadamente sin ser víctima de la masificación turística - del estupendo estado de conservación de las poblaciones medievales del interior, así como por la ingente cantidad yacimientos arqueólogicos de la prehistoria y etruscos, fundamentalmente. Hasta el punto que varios de esos lugares se han incluido en una vasta Reserva Arqueológica, que ha merecido la calificación de "Patrimonio Artístico de la Humanidad" por parte de la UNESCO.


Llevo muy pocos días en Maremma y tras un breve paso por Grosseto, me he dirigido directamente hacia el interior de su zona costera, donde a unos 50 kilometros se encuentra la reserva arqueológica de "Las ciudades de toba volcánica". El hecho de haber elegido a Pitigliano como mi primera experiencia en el territorio de Maremma, es una forma de rendir un pequeño homenaje a mi buen amigo Giuseppe Cherubini, natural de esta localidad, actualmente afincado en España. A través de la nostalgia que me ha ido transmitiendo a lo largo de los años con los recuerdos de su tierra, ha brotado en mí una especie de necesidad por descubrir con mis propios ojos los singulares lugares en los que transcurrió su infancia y adolescencia.


El primer gran impacto fue el que experimenté al divisar la localidad de Pitigliano, quizás la más emblemática de las otras dos, Sovana y Sorano, que junto a sus inmediaciones, están comprendidas en dicha reserva arqueológica.
Pitigliano está erigida, a más de 300 metros sobre el nivel del mar, sobre la planicie de un promontorio de toba volcánica. Tal es la perfección de la silueta de la que fuera importante ciudadela - desde la antigüedad y hasta el siglo XVI fue constante motivo de contienda por parte de las distintas civilizaciones y, después, gobiernos que conformaron el ordenamiento político de Toscana- que su magnífica arquitectura medieval da la sensación de haber surgido de la enorme roca en la que está enclavada.

La antigua ciudadela está configurada por un entresijo de callecitas zigzagueantes flanqueadas por edificaciones medievales. Al paso por ellas y por sus distintas plazuelas y plazas, se van descubriendo edificios monumentales de gran talla artística, como su soberbia Catedral de planta románica con fachada reconstruida en estilo barroco, el imponente viaducto del siglo XVI y uno de los castillos y fortalezas más grandiosos que os podías imaginar: el Castillo de los Orsini, cuya imponente parte fortificada está al otro lado, junto al precipicio del promontorio rocoso.

Junto a la base del barranco discurren los ríos Lente y Meleta que forman un área inmersa en una vegetación densa y agreste que, unida a la contemplación de la altiva ciudadela medieval y de los paseos por las vie cave , los senderos de muros altísimos que los etruscos excavaron en la roca para poder subir y bajar del que entonces fuera uno de sus principales asentamientos en Maremma, así como para guarecerse en ellos en situaciones de guerra, constituyen una vivencia interesantísima que te transporta a tiempos de un lejanía imposible de experimentar si no es a través de una permanencia activa en estos parajes, por breve que sea.


Antes de terminar esta breve introducción a Pitigliano, en la que tendré que ahondar, pues por cuestiones de espacio se me queda en el tintero el hablaros detenidamente de muchos monumentos y de efemérides históricas, que considero indispensables para que os hagáis una idea del calibre de esta joya de población, os recomiendo que si ya estáis por la zona no dejéis de visitarla y de comer o cenar en la "Osteria del Tufo Allegro", un restaurante espléndido excavado en la roca de toba volcánica. Fijaros si se come bien que está recomendado por la guías "Michelin" y "Gambero Rosso". Os servirán las sabrosas especialidades de la zona, preparadas con delicadeza y refinamiento y tendréis también ocasión de probar uno de los vinos más exquisitos de Maremma: "Il Bianco de Pitigliano": Blanco y en botella... como la belleza de la emblemática ciudadela medieval que os propongo incluir en vuestra visita a Maremma y de la que prometo daros una serie de informaciones ¡que os van a dejar boquiabiertos!
Sylvia


jueves, septiembre 20, 2007

Pisa. La Iglesia de Santo Stefano dei Cavalieri

No me gustaría despedirme de Pisa sin compartir antes con vosotros lo que he llegado a saber sobre esta emblemática Iglesia, no sólo por haberla visitado varias veces, así como la impresionante plaza que la alberga, la Piazza dei Cavalieri, sino por lo que he averiguado, buscando pisanos de pro para que me transmitieran sus conocimientos sobre la misma, consultando libros de arte y de historia y demás fuentes de información que han ido surigiendo.

La Iglesia está dedicada a Santo Stefano (San Esteban), patrón y protector del "Sacro e Militar Ordine di Santo Stefano".
La Orden Militar de Marina de los Caballeros de Santo Stefano se estableció en 1561 por voluntad del entonces Duque de Toscana, Cosimo I de' Medici.
En términos oficiales, la Orden se fundó para defender las costas de Toscana de la piratería saracena, para repeler los ataques de la armada turca y para defender los fundamentos y el espíritu de la Cristiandad en el Mediterráneo.

Cuando Cosimo I subió al poder, la organización de la Marina Militar de Toscana se encontraba en un estado de franca decadencia. De hecho, el gobierno tenía que recurrir a los servicios de los mercenarios, tanto de los oficiales como de la marinería, cada vez que se encontraba en la necesidad de echar a la mar el número de unidades de la flota que correspondiera en cada caso.
No obstante los compromisos contraídos por los mercenarios, los resultados dejaban mucho que desear, fuera por una generalizada falta de escrúpulos o por intentar arriesgarse lo menos posible en batallas que ni les iban ni les venían. A todo esto, si algún barco sufría daños irreparables, el Almirante de la flota en cuestión (también mercenario) tenía que reembolsar al gobierno de los Medici el importe de la embarcación que se hubiera perdido.
Ante semejante situación, Cosimo I llegó a la conclusión que tenía que organizar un cuerpo de marinos de guerra, cuya profesionalidad y lealtad a la corona fuera intachable.
Así se instituyó la mencionada orden militar, formada por los vástagos de la mejores familias toscanas con vocación militar y marinera, quienes tras un largo y complejo proceso de formación se iban incorporando a la Orden.

La Orden llegó a tener una flota enorme: 22o galeras; 38 galeones, disponiendo de unos 750 cañones, y llegando a estar compuesta por 34.000 militares, 1.300 marineros y más de 4.000 remeros.
Consiguieron capturar más de 200 embarcaciones turcas, entre naves y galeras, que durante siglos habían estado pululando por el Mar Tirreno, sembrando el terror y causando todo tipo de desmanes.
También participó en la Batalla de Lepanto, al mando de 12 embarcaciones, contribuyendo decisivamente a la victoria. Además, acudieron en ayuda de Malta y lucharon denodadamente en la guerra de Candia, en la guerra contra el Imperio Otomano, en la guerra de Corfú y en las
campañas de Dalmacia y Negroponte.



Como es natural, semejante cuerpo privilegiado de la marina militar tuvo su propia plaza en Pisa, cuyos espléndidos palacios actúaban como sedes de la Orden a distintos efectos y, también, su propia iglesia, cuyo exterior me ha dejado impresionada por la perfección de su trazado - Vasari ¡cómo no! - su sobriedad y elegancia, mientras que el interior es como para quedarse estupefacto, no sólo por su cuidada y refinada acumulación de obras de arte sino por la comunión estética existente entre el carácter sacro, propio de un lugar de culto, y el carácter netamente militar que asoma y redunda por doquier.
La construcción de la Iglesia di Santo Stefano dei Cavalieri data de 1565 y hasta mediados del siglo XVIII, aproximadamente, no dejaron de incorporarse valiosas obras de arte, entre ellas, dos de los mejores órganos existentes en Toscana ¡que ya es decir! y lo más excepcional de todo: los trofeos de guerra capturados por la Orden en las múltiples batallas en las que participó.
Desde la bandera turca, conquistada de la nave almirante de la armada otomana, hasta un montón de estandartes de naves enemigas de distintas nacionalidades, así como impresionantes objetos decorativos procedentes de las embarcaciones tomadas.

Otras iglesias importantes de Toscana pueden competir en belleza con la de Santo Stefano dei Cavalieri, pero no con su insólito espíritu ni con su deslumbrante ornamentación épica, tan soberbia como cargada de historia.

Sylvia